Aroma de café.

Aroma de café.

 

Hace unos días, estuve dando un paseo con una amiga. Teníamos muchas cosas que contarnos, el paseo se nos hizo corto y decidimos ir a tomar un café.

De camino a la cafetería me comentaba que había sido una apasionada por el café, pero que ahora solo tomaba descafeinado. No es que hubiese sido una adicta al café ni que tomara seis cafés diarios, pero el de la mañana y la tarde no lo perdonaba. Sus palabras literales eran: “me encantaba el olor a café recién hecho… El descafeinado no huele igual, no me gusta su olor…”. Me contó que a raíz de un periodo complicado en su trabajo tuvo que dejar de tomarlo. En ese momento su nivel de activación estaba aumentado, debido al estrés y ansiedad que le suponía ese periodo de conflicto laboral, y la cafeína que antes no le suponía ningún problema, en ese momento aumentaba su agitación. Fue entonces cuando dejó el café. Evidentemente este simple hecho no solucionó sus problemas, pero fue un detallito más que ayudó a que su nivel de activación disminuyese y dejara de sentir taquicardias.

Aquí comienza lo bueno y repito con sus palabras literales: “me encantaba el olor del café por las mañanas, no era tanto su sabor ni tomármelo como tal, era su fragancia y aroma. Despertar cada mañana junto a mi pareja con ese aroma que tanto nos gustaba. Y relajarme un ratito cada tarde con el mismo aroma…”

Claramente podríamos decir que nos encontramos ante una de las formas del comer emocional, éste, en ocasiones no tiene porque ser negativo y podemos disfrutarlo conscientemente. Mi amiga estaba uniendo ese alimento, el café, a esos momentos matutinos y frescos, al relax del atardecer y a esa relación-vínculo con su pareja. Un condicionamiento alimento-emoción cargado de connotaciones positivas y del que hace mucho no disfrutaba, porque pensaba que solo podía satisfacerse si se bebía el café. Y… lo más importante aquí era que lo que ella echaba de menos era su olor. Y que yo sepa oler el café no tiene el efecto indeseado que le suponía la cafeína.

Me pareció interesante la apreciación y llamó poderosamente mi atención su resignación. Resignación a no poder volver a disfrutar del olor café en casa, por el simple hecho de que no quería ingerirlo para evitar los efectos indeseados de la cafeína. Me parecía incongruente ya que lo que no podía o no quería hacer era beberlo. Se lo planteé.

Simplemente hacer café e impregnarse en su fragancia. No beberlo. Aquí una solución para satisfacer su hambre olfativa y emocional, sin efectos secundarios de ningún tipo. Solo rompiendo barreras inconscientes preestablecidas.

Es curiosa la manera en la que nos cerramos a ciertas experiencias de manera inconsciente. Asociamos el disfrute de los alimentos simplemente a un solo sentido. El sabor. Y tenemos cinco. Y a mi amiga, el sentido que pedía a gritos ser satisfecho, era el olfato, que no solo no influiría en su estado de nerviosismo sino que al contrario la relajaría por asociarlo a momentos positivos.

El olfato es unos de nuestros sentidos más poderosos. Y lo menospreciamos. Podemos percibir una gama de olores muy amplia y específica y cada uno de ellos puede guardarse en nuestra memoria y estar profundamente ligado a emociones y experiencias. Gracias al gran valor evolutivo que tuvo, podemos condicionar olores a momentos, personas, épocas, recuerdos. Podemos utilizar este sentido con inteligencia.

Después de darle toda esta información, se quedó sorprendida al tomar consciencia de todo esto. Le propuse abrirse a nuevas experiencias, a realizar el café de cafetera que tanto anhelaba, a olerlo profundamente, a limitarse a disfrutar de su aroma y a dejarse envolver por el momento presente. Incluso, a teletransportarse por segundos a esos momentos de juventud.

Quizás, a ti también te  apetezca realizar una introspección y reconocer alguna relación de este tipo en tu vida. En tu relación con la comida. Y decidas experimentar… Abrazos.

Ingeniera de mi vida.

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